Ahora que están de moda las soft skills, convivir con la tragedia debería estar la primera en la lista. O bueno, quizá la segunda, sólo por detrás del autoconocimiento. Que no deja de tener, hasta cierto punto, también algo de trágico.
Según la Organización Mundial de la Salud, aproximadamente 280 millones de personas en el mundo sufren un trastorno por depresión. Cada año 700,000 personas se suicidan. Estos números crecen a un ritmo alarmante. No estamos haciendo nada, como sociedad, para cambiar el pacto social que nos está llevando a que cada vez sean más las personas que rechazan la vida. En el año 2050, más de tres cuartas partes de los países (155 de 204) no tendrá tasas de fertilidad lo suficientemente altas como para mantener su población con el tiempo; esto aumentará a un 97% de los países (198 de 204) para el 2100.

Recuerda: como piensas, sientes; como sientes, actúas; y como actúas te va.
Están quienes deciden terminar con su vida, y quienes optan por -yendo en sentido contrario del instinto de la especie- no reproducirse. Ambas decisiones son válidas. Quien elije uno u otro camino tendrá sus razones y no cabe juzgarlas en cuanto a las motivaciones personales. Lo preocupante es lo que está ocurriendo a nivel social.
Hay que convivir con la tragedia, pero también hay que poner los medios para prevenirla ahí donde se pueda.
Los trastornos de salud mental causan 7 veces más muertes que las guerras.
Esta mañana, mi hija pequeña amaneció preocupada porque en el colegio hablan de que se viene una tercera guerra mundial. Entiendo su preocupación. También recuerdo el miedo, cuando yo tenía su edad y en mi colegio una profesora tuvo la brillante idea de decirnos que el mundo se iba a acabar. En aquel entonces por la guerra del Golfo Pérsico. Literalmente nos incitó a irnos despidiendo de nuestros amigos y seres queridos. Pánico y pesadillas durante meses. Convivíamos con una tragedia que -cómo la inmensa mayoría- no ocurrió nunca.
Desde que el hombre es hombre hay guerras. La historia de la humanidad no puede entenderse sin ellas. Y sí, claro, cabe la posibilidad de que una de tantas sea la definitiva. Las armas de hoy son otras y la gente que ocupa el poder también es más peligrosa. Todos aprendemos a vivir con ese miedo. Es una conversación constante en los medios de comunicación, los pasillos y las sobremesas.

Si quieres paz en el mundo, comienza por cultivar tu paz mental.
Sin embargo, ¿sabes cuántas personas murieron en el mundo víctimas de un conflicto violento en 2023? Alrededor de 122,000. Casi 7 veces menos muertos por guerras que por suicidio al año. Los números son claros. A pesar de las estadísticas, seguimos más preocupados por la guerra que por nuestra salud mental. Las catástrofes bélicas más grandes, también son consecuencia -casi siempre- de trastornos de personalidad de los lideres que las originan. Nos asusta más la guerra de Ucrania que otras, precisamente porque el estado mental de Trump y Putin es inquietante.
Mientras pensemos que la salud mental es algo secundario, que cuidar de ella es asunto de burgueses que no tienen preocupaciones más importantes, o tener acceso a un terapeuta continúe siendo un privilegio, el panorama no pinta bien.
No ser los primeros en todo se ha convertido en una tragedia que nos lleva a convivir con violencia.
Equiparamos ser exitosos con ganar. El peor insulto es el de ser un loser. No hay más temor hoy por hoy que vivir una vida ordinaria. Un vistazo a las redes sociales es suficiente para comprobar el esfuerzo que hace la mayoría por hacer cosas cada vez más extraordinarias. Aunque ello ponga en riesgo su salud, su vida o la de otros. Si eso no es locura…
Cada vez más personas viven obsesionadas con ser el número uno. No se reduce a deportistas de élite que persiguen una medalla de oro, empresarios queriendo salir en la portada de Forbes o ejecutivos dispuestos a vender su alma para convertirse en CEO de una multinacional. Da igual tu profesión, la competencia en todos los sectores se ha convertido una batalla campal. Hasta el pequeño comercio necesita aparecer el primero en los motores de búsqueda. Quien carece de ínfulas de influencer tiene complicado acceder al mercado laboral, viéndose obligado a conseguir más seguidores para crear una «marca personal» en redes, sencillamente para conseguir un puesto de trabajo de medio pelo.
En una contienda donde participan cientos o miles de personas, llegar en un destacadísimo segundo lugar es visto como tragedia: has sido el primero en perder. Eres un loser.

La autocompasión es el antídoto a la tragedia que implica hoy en día no ser el número uno.
El mundo está cada vez más dividido entre ganadores y perdedores, es tal la competitividad que se fomenta que algunos compiten contra otros donde ni siquiera hay disputa. En su cabeza ven a todos como rivales. Están en un semáforo ansiosos por ser los primeros en arrancar, suben las escaleras del metro luchando contra perfectos desconocidos por ver quién llega antes a la salida, se miden constantemente con otros en el gimnasio, sin que sus adversarios sean conscientes de estar librado una pugna.
¿Te das cuenta de la cantidad de violencia -interna y externa- que esta mentalidad genera?
Hay que aprender a convivir con la tragedia.
Los griegos lo sabían. Las tragedias griegas tenían un fin social del que poco se habla y convendría retomar. Vivimos en una cultura en la que, hasta lo más natural (envejecer, enfermar, sufrir pérdidas, estar -en ocasiones- triste, los desastres naturales, tener que trabajar para vivir, la muerte), es visto como hecatombe.
El problema, no es tanto que vivamos obsesionados con el éxito, sino lo que entendemos como tal. Los adultos nos quejamos constantemente de que ya no hay valores. Es mentira. Claro que hay valores, el problema es cuáles son esos valores. Responde con sinceridad: ¿qué se valora realmente en tu entorno? ¿Qué consideran un hombre exitoso? ¿Cómo debe ser una mujer para ser vista como exitosa? ¿Quiénes son los padres exitosos? ¿Educan a los hijos para ser buenas personas o para triunfar conforme a esos valores?

Convivir con la tragedia es extenuante porque huimos de la realidad en lugar de aceptarla.
La idea de éxito -y por consiguiente la educación- está ligada a la de producir. Todo lo que se hace es buscando producir más. Incluso cosas que considerábamos sagradas, como el juego o la vivienda, se han convertido medios de producción. Hay que monetizarlo todo, comenzando por nuestra intimidad. El mundo de revés. Y luego nos sorprenden las cifras de las tragedias con las que convivimos diariamente.
Lo más grave no son las expectativas que creamos de cómo debe verse una persona y una vida para considerarse buena y exitosa. Lo verdaderamente serio es que creemos que es fácil. Un garaje y una buena idea pueden convertirnos en Steve Jobs; unos cuantos reels y lives en influencers con ofertas millonarias; un par de cirugías o una cuenta de banco de siete cifras nos dará la felicidad, estamos a un swipe right de conocer a nuestra alma gemela, con quien tendremos hijos ideales que nos obedecerán en todo, y obviamente serán los primeros de su clase. Nuestra vida será siempre divertida, amorosa
Nos inventamos tragedias para evitar la única importante: la realidad.
La realidad es trágica cuando no la aceptamos.
El ser humano necesita mitos. Volviendo a los griegos, en la antigüedad el héroe aristotélico cumplía con una función social: la de mirar con compasión a quien comete un error que culmina en tragedia. En las tragedias griegas, el arquetipo del héroe cumple un esquema:
- Es una persona buena. Incluso mejor que la mayoría.
- Comete un pequeño error, sin ser consciente. A simple vista hasta parece una buena decisión.
- Por una serie de eventos sobre los que no tiene control, ese pequeño error le lleva a una catástrofe.
- El héroe reconoce su error y es castigado,
- Los personajes más luminosos sufren humillaciones y abusos. La violencia -más allá del destino-, es el punto común en las 32 tragedias que se conservan.
Las representaciones teatrales de las tragedias eran asistidas por todo el pueblo. Se consideraban un antídoto contra la tendencia humana de juzgar y criticar creyéndonos moralmente superiores. Generaban empatía hacia el héroe trágico y comprensión sobre lo fácil que es para cualquiera de nosotros caer en un error que conduzca al desastre.

Los griegos entendían la importancia social de enseñar a convivir con la tragedia.
En el lado opuesto están las películas de Disney. Crecimos creyendo que los buenos siempre ganan y son recompensados con un final feliz. Cuando educamos a los niños pensando que viven en un mundo justo, donde cada uno tiene lo que se merece, escondemos lo dura que es, en verdad, la realidad.
Nos cuesta mucho convivir con la tragedia porque en la mentalidad actual el éxito consiste precisamente no en hacerle frente sino en evitarla. Parece inconcebible aceptar nuestra fragilidad y el hecho de que a una persona buena, que hace todo lo correcto y se esfuerza por tener una buena vida, puedan salirle las cosas mal y acabar, de hecho, teniendo una vida dura.
Aprender a convivir con la tragedia, en eso consiste la resiliencia.
Se ha puesto de moda la resiliencia, malentendiéndola como la capacidad de reponerse tras un descalabro. Genuinamente, el significado ser ser resiliente es: continuar a pesar de la adversidad, adaptándose para conseguir resultados positivos.
Cuando creemos que nada malo puede pasarle a alguien bueno, caemos en el razonamiento ¨lógico» de pensar que si algo malo nos pasa es por que somos malos.

Todo lo que quieres requiere más esfuerzo del que pensabas y nada será como esperabas.
El principal problema que encuentro en el modelo actual, no es tanto que nos vendan una utopía (como decía Galeano eso nos da un horizonte hacia el cual caminar) sino que vivimos de espaldas al principio de realidad.
La realidad es que, muy probablemente no vas a vivir la vida que soñaste. La mayoría necesitamos trabajar para vivir y pocos trabajos dan un sueldo que alcance para tener una vida medianamente digna. Salvo que tengas otros medios de subsistencia, pagar las facturas sí es más importante que trabajar en algo que te apasiona. Ninguna relación es el paraíso en la tierra. Una relación de pareja donde la convivencia sea sana y sume, requiere muchísimo trabajo personal y en equipo. Tener hijos es una bendición, criarlos son décadas de esfuerzo agotador y no siempre está clara cuál es la recompensa. Mantener un grupo de amigos en el transcurso del tiempo también requiere mucha energía, aceptación y perdón. Tener uno solo que auténticamente esté en las buenas y las malas ya es un logro.
¿Cómo convivir con la tragedia?
Manteniéndote en el instante presente. Hay que aprender a soltar el pasado, incluso el más inmediato y no pensar demasiado en el futuro, ni siquiera el más próximo. Nuestras memorias pueden ser un refugio, siempre y cuando volvamos a ellas de manera consciente y las dejemos en su sitio. Crear un proyecto de vida que nos entusiasme, implica pensar en el futuro, construirlo requiere centrarnos en el paso que podemos dar en este preciso momento.
Observar la realidad para aceptarla como es. Requiere mucho valor, supone que somos capaces de hacerlo con nosotros mismos. Por eso, insisto tanto en la importancia del viaje del autoconocimiento. Para poder abrirnos a las partes más oscuras de nuestro interior, necesitamos sentirnos seguros. A mí me ayuda rezar, encender una vela y meditar. Si lo piensas, todo el amor y felicidad que has experimentado, lo has sentido dentro de ti. Cerrar los ojos y llevar la atención a ese punto de luz en medio de tu pecho, verlo como una llama que ilumina y atraviesa todo, puede convertirse en un resguardo que te recuerde que lo esencial está ahí. Desde ese lugar de paz y amparo, reconciliarnos con la realidad se vuelve manejable.
Entrenarte con disciplina para preguntarte cada mañana: ¿qué puedo hacer para levantarme queriendo vivir y no únicamente sobrevivir? ¿Cómo soy feliz? ¿Cuáles son las cosas que me nutren y expanden? ¿Quiénes aumentan mi energía y me motivan a brillar?

La compasión que no te incluye a ti, por definición no puede ser universal.
Pedir ayuda y ofrecer lo que te falta. Los héroes trágicos pedían ayuda a los Dioses y a sus amigos. Las tragedias, además de catarsis colectiva, cumplían con la función de mostrar que nadie es totalmente bueno ni totalmente malo y todos somos fuertes, pero también frágiles. Nadie es tan rico como para no necesitar ayuda ni tan pobre como para no poder ofrecerla. Cuando recordamos esa vela, esa luz interior de la cual ha surgido todo lo bueno en nuestra vida, nos damos cuenta que todo lo que buscamos lo tenemos dentro.
Practica durante tres semanas dar a otros lo que crees que te falta. Incluso aquello que realmente crees que no tienes (dinero, alegría, esperanza, calma, tiempo, afecto, fuerza) dalo. Estoy segura que un poco encontrarás para dar. Hazlo y en unos días me cuentas cómo te sientes.
Convivir con la tragedia es ineludible, aceptarlo como principio de realidad le quita lo trágico.





